Que levante la mano quien no ha soñado alguna vez con viajar solo, con perderse en algún lugar inhóspito, con desconectar de la civilización. En mayor o menor medida, a todos nos ha pasado alguna vez. 'Hacia rutas salvajes' cuenta la historia real de Christopher McCandless (Emile Hirsch), un joven idealista con una infancia difícil por la relación de sus padres pero acomodada por su notable situación económica que, cuando acaba la universidad con unas notas estupendas, decide viajar solo en busca de sí mismo. Un personaje con el que rápidamente conectas, en el que te ves reflejado porque, tengas la edad que tengas, en algún momento de tu vida te has planteado hacer algo parecido. Aunque seguramente no de forma tan drástica como para no dar señales de vida a tus seres queridos en dos años o cazar animales para comer.
Quizás sea porque cuando McCandless decide partir sin previo aviso su único ser querido es su hermana pequeña, con la que compartió la destructiva relación de sus padres, ricos y materialistas, infelices, superficiales, unos eslabones más de la sociedad corrompida que él tanto odia. Son lo opuesto al chico, un devorador de libros, sin miedo a nada, que en su afán por encontrar la libertad más auténtica no muestra el menor resquicio de amor. En su viaje hasta Alaska se encuentra con personajes hacia los que sí muestra cariño. De hecho, a ellos sí les considera su familia, las personas a las que más afecto muestra aunque algunos sean delincuentes. Es que ellos, al contrario que sus padres, son auténticos, naturales, no llevan envoltorio. Como él. Y todos los personajes son muy bien interpretados. Todos, desde el entrañable abuelo Ron Franz (Hal Holbrook) a la joven Tracy (Kristen Stewart) hasta su madre “artificial” (Catherine Keener). Sin olvidarnos de sus padres (William Hurt y Marcia Gay Harden), a los que les basta una mirada para reflejar el sufrimiento al que les somete su hijo, que cambia de nombre -Alex Supertramp- al iniciar el viaje para evitar que le encuentren.
La historia, narrada por la hermana de Alex, está perfectamente contada por Sean Penn en su cuarta experiencia como director. Alterna escenas de los primeros meses de su viaje con los del final. Su intervención en la hipnótica actuación de Hirsch es evidente. Se nota que es el papel que nunca le dieron y siempre quiso. Pero la obra no solo la engrandecen las interpretaciones, sino también los paisajes y la banda sonora, redondas, sensacionales. Hasta las escenas de caza están bien montadas, parecen sacadas de un documental del National Geographic. Y el final es memorable. Por la espeluznante transformación física de Hirsch, su inquietante sonrisa y la moraleja, tan obvia como inevitable. Un mensaje para tener siempre presente.
